RESUMEN DEL LIBRO MOMO. DEL AUTOR MICHAEL ENDE.
Momo es un libro estilo novela infantil – juvenil escrito por Michael Ende. Es la historia de una pequeña niña llamada Momo, este es el nombre que ella misma se ha dado, puesto que desde que tiene memoria no tiene a nadie más en el mundo que a ella misma. Ella vivía en un orfanato del cual escapó porque no le gustaba estar encerrada, es así como llega vagando a unas viejas ruinas de un anfiteatro en la orilla de la gran ciudad. Ahí conoce a sus vecinos que, la mayoría son unas buenas personas, tal vez con pocos recursos, pero con las mejores intenciones para querer ayudarla. Como a nadie le sobra ni comida ni espacio en sus respectivas casas para recibir a Momo, le proponen que se quede en esas ruinas que ellos le acondicionan como un cuartito, le llevan cobijas, una sillita, le improvisan una mesa y una cama y hasta Nino, el albañil, le pinta un pequeño cuadro para que su cuarto se vea más acogedor. Todos los vecinos acuerdan que se harán cargo de la niña entre todos llevándole de comer cada quien en diferentes horas y diferentes días. A Momo le parece que le han construido la recámara más linda que ha visto y para ella, tener comida y amigos con quién compartir es su gran tesoro.
Aunque pareciera que la
pequeña niña tuvo mucha suerte de encontrar a estos amigos, la realidad es que
los que tuvieron suerte de encontrarla fueron ellos, pronto se dieron cuenta de
que Momo tenía una cualidad muy peculiar, útil y necesaria: Momo sabe escuchar.
Es decir, cualquier persona que acudía a visitar a Momo y comenzaba a platicar
con ella sentía cómo los pensamientos comenzaban a aclararse en su cabeza y de
pronto se les ocurrían las mejores ideas o las soluciones más sencillas pero eficientes
para cualquier tipo de problema que tuvieran, así se comenzó a hacer común la
frase “ve con Momo” cuando una persona necesitaba ayuda o consejo. Inclusive la
cualidad de Momo era genial para los niños, pues quienes acudían a las ruinas a
jugar con ella comenzaban a idear los mejores y más divertidos juegos jamás
inventados, hacían historias increíbles y merecedoras de su propio análisis.
Dentro del grupo de amigos
de Momo, sin duda, los más cercanos a ella eran Gigi Cicerone y Beppo
Barrendero. Casualmente sus edades y personalidades contrastaban, uno era
joven, divertido, descuidado y algo perezoso, mientras que el otro era viejo,
sereno, precavido y muy dedicado. Sin embargo, al estar con Momo sus
personalidades se complementaban de tal forma que los tres se convertían en
mejores amigos. He de decir que Gigi Cicerone era un “mil usos” pero lo que más
disfrutaba hacer era inventar y contar historias a los pocos turistas que se
paraban a las ruinas del anfiteatro, sin duda las historias de Gigi merecen su
propio video.
Todo transcurría fluidamente
en la vida de la pequeña y sus amigos del vecindario, aunque pronto habría un
acontecimiento que cambiaría por siempre sus vidas. La ciudad comenzó a
tornarse cada vez con un tono más grisáceo y muchas personas parecían estar más
apresuradas y mal humoradas, todo esto se debía a la llegada de los hombres
grises. Éstos eran unos entes vestidos de gris, con un portafolio y bombín gris
y que siempre iban fumando sus cigarrillos que dejaban sus cenizas grises por
doquier. Estos seres se encargaban de visitar a las personas de la ciudad y les
hacían “reflexionar” sobre sus vidas poniéndoles en perspectiva que
desperdiciaban demasiado tiempo en cosas superfluas, innecesarias y lo peor:
poco productivas. La realidad es que estos hombres hacían pensar a las personas
que las cosas que los hacían felices les quitaban tiempo, que había que ahorrar
el mayor tiempo posible reduciendo al mínimo la diversión, el relajamiento, la
recreación, la creatividad, la amistad, el amor y todas esas cosas que, al
final y según los grises, no eran esenciales para sobrevivir. La gente caía
embaucada por estos seres siniestros y querían comenzar a ahorrar su tiempo lo
más pronto posible, es ahí que los cenicientos hombres aprovechaban para
ofrecerse como un banco de ahorro de tiempo, lo único que tenían que hacer las
personas era ocuparse de las cosas productivas y de hacerlas lo más rápido
posible, del ahorro se encargarían ellos.
Poco a poco, cada uno de los
amigos del vecindario de Momo comenzaron a caer en esa estafa, y cada vez se
aparecían por las ruinas con menos frecuencia, hasta que, de pronto, un día, ya
sólo iban por ahí Gigi, Beppo y los niños… eso sí, a diario aparecían por los
rumbos nuevos niños, siempre más y más, parecía que los adultos ya no tenían
tiempo de cuidarlos o prestarles atención. Momo, preocupada por sus amigos, se
dedicó a buscarlos uno a uno a sus casas y ellos recordaban lo bien que se
sentía platicar con alguien como ella, así que volvieron a las ruinas como en
tiempos anteriores, casi era todo igual que cuando llegó Momo a sus vidas,
excepto porque la ciudad tenía un ritmo más acelerado.
Esta situación no cayó en
gracia de los hombres grises, por lo que decidieron mandar a un agente para que
le llevara cientos de juguetes a la niña y se entretuviera con ellos y no le
quitara más tiempo a sus vecinos. El agente acudió al anfiteatro y le mostró
una muñeca muy linda a Momo, esta muñeca tenía algunas frases pregrabadas, pero
Momo se dio cuenta de que no podía escucharle en verdad como a sus amigos y que
platicar con la muñeca era una tarea inútil puesto que ésta siempre decía lo
mismo, una y otra vez, en un tono tan monótono que le impedía seguir con la
conversación o con algún tipo de juego que Momo quisiera inventar. El agente
también le llevó cientos de accesorios para la muñeca y hasta a los amigos
muñecos de ella, pero Momo sólo se limitaba a escuchar al agente, aunque había
algo raro en la voz de ese señor, Momo tampoco lograba escuchar su voz real
como le pasaba con la muñeca, conforme fue pasando tiempo, el agente no pudo
evitar la magia que la pequeña niña ejercía con todo aquél que la visitaba: no
pudo evitar expresarse y sincerarse sobre todo lo que en realidad le
preocupaba.
El agente expuso ante Momo
los secretos de su corporación, un poco a medias debido a que él mismo se
escuchaba horrorizado cómo no podía parar sus palabras. Le contó que ellos
anhelaban el tiempo de la gente, que no lo ahorraban como les decían, lo que
hacían en realidad era robarlo para ellos, ellos lo necesitaban para vivir y a
él lo habían enviado porque Momo les estorbaba en su plan, ella se había
entrometido en sus planes al hacer que sus amigos perdieran el tiempo en irla a
visitar como solían hacerlo.
En cuanto soltó su confesión
se retiró de las ruinas aterrorizado, ya que sabía que ahora Momo no iba a
poder olvidarlo como todas las demás personas, porque había escuchado su
verdadera voz, su verdadera esencia, por eso huyó despavorido dejando a la
niñita ahí muy confundida, desolada y hecha un manojo de tiriteos porque, al
lugar a donde iban los cenicientos, era lugar que se tornaba frío y lleno de
desesperanza y tristeza. En cuanto el humo grisáceo se disipó, Momo regresó en
sí y pudo contarle lo que había escuchado a sus amigos Beppo y Gigi.
Ambos se mostraron
interesados en la historia, sin embargo Gigi parecía más entusiasmado que
asustado y Beppo estaba realmente muy preocupado porque él mismo ya había
notado cosas extrañas pasando en la ciudad, aunque no sabía con exactitud de
qué se trataba. Cicerone propuso que cuanta más gente supiera de la existencia
de estos hombres grises, sería más difícil que la gente cayera en sus engaños,
pero Barrendero pensaba que era un plan muy arriesgado, sobre todo por que
pondrían en riesgo a la pequeña. Aún con todo esto, decidieron jugársela y
convocaron a una asamblea en el viejo anfiteatro para hacerles saber el plan
malvado del que estaban siendo partícipes la mayoría de las personas sin
conocerlo; con ayuda de los niños, que cada vez eran más, hicieron pancartas,
anuncios, se pusieron a repartir volantes y hasta consiguieron un megáfono para
anunciar la fecha de la asamblea. Todos estaban muy emocionados por que los
niños anhelaban a sus padres de regreso, anhelaban su atención y cariño. Llegó
el día de la asamblea y… nadie llegó. A pesar de todo el alboroto que habían
armado los niños, los adultos no hicieron mucho caso de ello, estaban muy
ocupados “ahorrando el mayor tiempo posible”, por esos días era muy común ver y
escuchar los dichos “el tiempo es oro” “no desperdicies el tiempo, ¡ahórralo!”,
etcétera.
La asamblea había sido un
rotundo fracaso y, sin embargo, había sido lo suficientemente escandalosa como
para llamar la atención de los hombres grises, quienes no dudaron ni un momento
y se reunieron en una asamblea extraordinaria en el viejo basurero de la ciudad
donde estaban seguros que nadie los escucharía. Así llevaron a cabo su reunión
donde el agente que fue en busca de Momo fue juzgado porque él era el único que
habría podido delatarlos, en un momento se esfumó en cuanto le retiraron su
portafolios lleno de cigarrillos y el propio cigarrillo que estaba fumando. Ahí
también acordaron en que debían hacer algo para detener a la niña que estaba
convirtiéndose en un verdadero peligro para ellos, así que el mandato fue irla
a buscar por toda la ciudad, comenzando por las ruinas del anfiteatro, claro
está. Con lo que ellos no contaban era con que el viejo Beppo estaba ahí,
sigiloso y tranquilo, escuchando cada palabra de esa asamblea y rápidamente
emprendió la carrera para llegar antes que cualquiera con Momo y ponerla a
salvo. Lo que Beppo no sabía es que alguien más ya sabía todo lo que él había
escuchado y, lo que es más, sabía que irían por la niña, entonces ya había
mandado a alguien para que la sacara de la ciudad antes de que dieran con ella
los temibles grises. Mientras estos hombres estaban en una búsqueda frenética y
acelerada por todos los rincones de la ciudad, Momo iba lentamente hacia su
escapatoria detrás de una tortuga llamada Casiopea, pero ésta no era como
cualquier otra tortuga; ella era especial, tenía la habilidad de comunicarse
mediante palabras o señales que aparecían en su caparazón y, además, podía ver
un poco más allá del presente, para ser precisos veía con antelación media hora
del futuro, es por eso que nunca se toparon con los hombres grises, ya que
Casiopea sabía exactamente por dónde sí y por dónde no pasarían.
Beppo llegó a las ruinas
desilusionado porque ya no halló ahí a la pequeña Momo y se apresuró contárselo
a media ciudad, pero nadie le creyó, es más varias veces fue encerrado en la
cárcel por pensar que estaba borracho y la última vez lo encerraron pero en un
sanatorio mental. Momo logró huir de los hombres grises, a pesar de que en
algún momento fue vista junto con la tortuga a las orillas de la ciudad, sin
embargo la perdieron de vista porque al lugar a donde iba a escapar Momo los
hombres grises no podían entrar, ni siquiera si hubieran sabido el camino
porque ese lugar era la casa del Maestro Hora, quien es el encargado de
suministrar y administrar el tiempo de todas las personas del mundo.
Al llegar a esa enorme casa,
Momo estaba maravillada con lo hermosa que estaba, ahí se presentó con ella el
Maestro Hora, era él quien había mandado a Casiopea a su rescate. Momo no sabía
decir si el maestro era un joven, un niño o un viejo, porque cada vez que se
acercaba le parecía de distintas edades, sin embargo ahí con él se sentía
segura. El Maestro Hora le explicó a Momo quiénes eran los hombres grises:
entes que habían surgido de la tristeza y desolación de los hombres y que se
“alimentaban”, por así decirlo, del tiempo muerto de las personas, eso lo
hacían a través de esos pequeños cigarrillos que siempre llevaban consigo.
Aún con esta explicación
Momo no lograba entender bien a bien cómo funcionaba aquello del “ahorro” de
tiempo, que más que ahorro era un robo, así que el Maestro Hora decidió
llevarla a conocer las flores horarias. Estas flores eran, a decir de Momo, lo
más hermoso que ella jamás había visto en la vida, además de que tenían colores
preciosos jamás vistos, se escuchaba brotar de ellas una hermosa melodía, cada
flor tenía un ciclo de vida corto, nacían florecían y después morían, pero
luego de ello surgía una flor aún más hermosa que la anterior con una melodía
más preciosa también. Momo estaba maravillada con todo aquello que estaba
viendo y escuchando, pero el Maestro Hora la interrumpió y la sacó de esa
estupenda sala. Al salir, le explicó que cada una de esaesas
flores es una hora de tiempo de una sola persona, que las flores que ella había
visto eran de su propio tiempo y que surgían de dentro de su corazón y esencia.
Lo que los hombres grises hacían con el tiempo que la gente “ahorraba” era
matar aquellas flores que el Maestro Hora le mandaba a cada persona porque era
su tiempo asignado y él sólo lo administraba, lo que la gente quisiera hacer
con su tiempo era decisión de cada uno, por ello no había detenido a los
hombres grises hasta ahora. Una vez que la flor horaria era dada a su dueño,
los ladrones de tiempo la congelaban y con los pétalos congelados se hacían sus
pequeños cigarrillos que les permitían tener vida. Era esencial que las flores
fueran congeladas, ya que de no ser así, las flores regresarían de inmediato a
sus legítimos dueños. El Maestro Hora le dijo a Momo que tenía que regresar al
anfiteatro, pero Momo temía que si regresaba olvidaría todo lo vivido y le
dolía tanto olvidar esas maravillosas melodías y las flores, así que el Maestro
le dijo que si no quería olvidar debía dormir, pero que sería un largo, largo
tiempo dormida, Momo asintió ya casi muerta de sueño. Cuando la pequeña
despertó se encontró que estaba de nuevo en las viejas ruinas del anfiteatro, a
lado estaba Casiopea que le dijo que se quedaría con ella, lo primero que Momo
quiso hacer fue recordar a las flores y las melodías para asegurarse que no las
había olvidado y, efectivamente, todo estaba en su mente como un recuerdo tan
vívido que supo que jamás iba a poder olvidarlas. Moría de ganas de irles a
contar a todos lo que le había sucedido, pero en vano espero por días y días,
incluso semanas a que alguien fuera a visitarla, le parecía tan extraño, había
pasado sólo un día ausente y nadie había ido siquiera a llevarle algo para
comer. Se decidió por ir a buscar a Nino y su esposa, quienes tenían una
pequeña taberna que ahora se había convertido en un restaurante de comida
rápida, o eso fue lo que leyó Momo en la carta que Gigi había dejado en su
mesita. No fue sino hasta que la terminó de leer que entendió que el tiempo que
había pasado con el Maestro Hora había sido más de un día, de hecho era mucho
más: ¡era un año! Ahora entendía porqué nadie había ido a verla, debieron
pensar que ya no regresaría, Gigi había escrito también que si regresaba y
tenía hambre fuera al restaurante de su amigo y que él después pagaría la
cuenta, sí, Girolamo pagaría, le contó a Momo cómo se había vuelto famoso y
rico contando sus historias ahora en la televisión.
Momo fue a comer con Nino,
pero su visita no fue lo que ella esperaba, ahora sus amigos estaban sumamente
ocupados y apenas y pudieron cruzar palabra con la niña en la fila de la caja
para pagar, así le pudieron comunicar que Gigi ahora vivía en una lujosa villa
y que Beppo se encontraba perdido desde hacía mucho tiempo. Lo que ellos no
sabían era que Barrendero había llegado a un trato con lo hombres grises: ellos
le hicieron creer que habían secuestrado a Momo y, para pagar su rescate, le
exigían un pago en horas. Beppo había aceptado y ahora se encontraba barriendo
rápidamente día y noche para pagar el rescate.
Momo iba de regreso a las ruinas cuando se
encontró con varios de los niños que antes iban a jugar, ahora ellos le
informaron que había centros a donde mandaban a todos los niños a aprender
cosas sobre cómo comportarse para que no le quitaran el tiempo a sus padres,
Momo les pidió que escaparan de ahí o que, al menos, la llevaran con ellos,
estaba terriblemente aburrida, tenía todo el tiempo, pero no tenía con quién
compartirlo. Sus amigos no podían llevarla porque lo tenían prohibido, eran los
adultos quienes debían llevarla a recluir en ese lugar.
Ella se fue, esperando
encontrar alguna esperanza, así que se decidió a aventurarse e ir a buscar a
Gigi. Al día siguiente lo hizo, fue a buscarlo a la gran mansión que ahora era
de él y por suerte pudo encontrarlo justo cuando iba de salida al aeropuerto,
se vieron y ambos se abrazaron con inmensa alegría, pero ahí Momo descubrió que
su amigo no era feliz, estaba como esclavizado, Cicerone le contó que ahora no
podía parar ni un segundo, que ya no tenía historias nuevas, que su creatividad
había muerto y la gente lo único que quería era oír una historia detrás de otra
aún si estas eran las mismas disfrazadas con otros personajes, las personas no
le escuchaban de verdad, sólo devoraban las
historias queriendo encontrar una alegría y un entretenimiento rápido y fácil
en sus aceleradas vidas.
Gigi tuvo que irse y le
pidió a Momo que se fuera con él, ella quería aceptar, sin embargo sabía que lo
correcto era no hacerlo, no quería hacer más infeliz a su amigo, no aceptaba la
idea de verlo convertido en el pelele de los hombres grises, quería ayudarlo,
tenía que ayudarlo, pero la forma de hacerlo no era irse con él, sino
enfrentándose a los hombres grises.
De este modo, mientras iba
de regreso a casa se dio cuenta que había perdido a Casiopea, así que se puso a
buscarla por doquier, ahora sí se había quedado sola, quería regresar y aceptar
la propuesta de Gigi, no podría ayudarlo, pero al menos estarían juntos otra
vez; ya no pudo alcanzarlo, ella tuvo que regresar al anfiteatro completamente
sola. Mientras estaba ahí en las ruinas, supo que era momento de darse por
vencida, supo que era momento de llamar a los hombres grises para implorarles
que la llevaran a uno de esos centros de reclusión de menores, quería compañía
más que nada en este mundo. Los hombres grises, quienes se encontraban
vigilando a la pequeña desde hacía mucho tiempo supieron que su plan había
funcionado, todo este tiempo ellos habían planificado que, si la niña llegaba a
regresar de casa del Maestro Hora, harían todo lo posible para hacer que odiara
cada minuto de su tiempo, sólo de ese modo podrían hacer que ella,
voluntariamente, quisiera aceptar sus condiciones.
¿y cuáles eran esas
condiciones? Lo único que le pidieron fue que les mostrara el camino para
llegar con el Maestro Hora, a cambio ellos dejarían en paz a Momo y a sus
amigos, les dejarían vivir su tiempo libremente como lo desearan, después de
todo ¿qué significaban unas cuantas horas de vida de cada una de esas personas
si al final tomarían todo el tiempo de todas las personas del mundo? Pero la
pequeña no podía recordar el camino, ella no lo sabía, la vez que fue con
Casiopea fue ella quien la guio. Así los hombres grises la dejaron ir
haciéndole la advertencia de que mientras ella no les diera lo que ellos
pedían, ellos no le permitirían ni un segundo de contacto con sus amigos. Momo
se quedó triste y sin motivación alguna, no sabía cómo hacerle para regresar
con el Maestro Hora, pero de pronto algo tocó su pie: ¡era Casiopea! Ella le
dijo que la siguiera y, una vez más, paso a pasito, tras la tortuga iba en
camino al Callejón del Nunca Jamás. Aunque ni ella, ni la tortuguita notaron
que alrededor de ellas habían hombres grises que se habían quedado a vigilar a
la pequeña por si se le ocurría ir con el mentado Maestro, pronto había cientos
de hombres grises detrás de ellas dos, muy despacito las perseguían sin que lo
notaran. Pero, una vez más al entrar al callejón, Casiopea y Momo comenzaron a
caminar hacia atrás, cuando voltearon vieron a todos los hombres grises que las
seguían de cerca, Momo creyó lo peor, pensó que los había guiado con el Maestro
Hora al lugar donde mora el tiempo, pero asombrada, vio cómo los malvados
hombres se evaporaban en cuanto pisaban el callejón, pues en éste el tiempo
corría al revés por lo que era como si les absorbieran el tiempo robado.
Así llegó de nuevo con el
Maestro Hora, le informaron lo que había pasado y él no pudo hacer más que
pedirles ayuda, para ello hicieron un plan: El Maestro Hora debía dormir, no
sin antes darle a Momo una flor horaria porque una vez que él se durmiera el
mundo entero se paralizaría, el tiempo se congelaría. Cuando esto pasara sólo
alguien con una flor horaria podría moverse, por eso Momo debería tener una
para ese momento porque debía ir tras los hombres grises, quienes después de
darse cuenta de que el tiempo estaba en pausa, correrían hacia la guarida donde
escondían todo el tiempo robado para poder abastecerse y no morir. Una vez ahí,
Momo debía cerrar la caja fuerte donde estaba todo el tiempo robado para que
los hombres grises no pudieran hacer más uso de ese tiempo y así desaparecerían
por completo.
Momo no entendía porqué
debían hacer todo esto, después de todo, los hombres grises no podrían pasar
por el callejón sin ser evaporados, pero el Maestro Hora le dijo que no podían
confiar en eso, pues estos malvados ya se las habían ingeniado para hacer
tantas cosas que antes parecían imposibles, así que debían hacer el plan en ese
momento, puesto que era el ideal. Momo aceptó y así lo hicieron: el Maestro
Hora le dio una flor horaria a Momo que, recordemos, dura una sola hora, era
todo lo que la niña tenía para llevar a cabo el plan, no podía darle más flores
porque igual de nada le habría servido, pues nunca pueden permanecer vivas dos
flores al mismo tiempo.
Cuando la pequeña tenía la
flor, por primera vez, el Maestro Hora tomó una siesta. Todo se detuvo, cada
reloj en la Casa del Tiempo, todo ser viviente quedo inmóvil y toda cosa quedó
perpetuamente rígida, no se podían abrir puertas ni cerrarlas, claro que con el
toque de una flor horaria esto era posible. Cuando los hombres grises notaron
que ahora podían pasar por el callejón sin problema alguno, se apresuraron a la
mansión de Maestro, pero pronto se dieron cuenta de que en realidad el tiempo
estaba congelado, fue entonces que se apresuraron a la bóveda del tiempo
robado, Momo cargaba a Casiopea para que le avisara si veía a algún hombre gris
atravesarse en su camino, fue así que estos hombres se iban desvaneciendo de a
montones porque con sus cigarrillos encerrados en sus maletines no podían tomar
más reservas, Momo vió cómo se quitaban de la boca los cigarros los unos a los
otros , para que al final llegaran solo unos cuantos a las reservas, la niña se
agazapó debajo de una gran mesa donde estaban unos cincuenta de esos hombres.
Estaban sumamente preocupados, no sabían el plan, ni sabían cuánto tiempo
duraría esa pausa de tiempo y, por suerte para ellos, la puerta de la bóveda se
había quedado ligeramente abierta por lo que podían hacer uso del tiempo
robado. Sin embargo, su paranoia era tal que comenzaron a sortearse para,
voluntariamente, evaporarse. Se enumeraban y los pares o los nones de cada
ronda iban dejando sus cigarrillos, al final, sólo quedaran 3.
La flor horaria de Momo
estaba a punto de marchitarse, pero aún estaba viva, Momo se escabulló hasta
donde estaba la puerta de la bóveda y la cerró, los tres hombres voltearon a
verse entre sí y después voltearon y vieron a la niña con una flor moribunda en
sus manos y quisieron quitarle la flor para volver a abrir la puerta, pero no
lograban atraparla y lo único que consiguieron fue que de uno a uno iban
perdiendo las pequeñas colillas de cigarro que aún tenían en su boca, así
terminó la existencia de los hombres grises. Con el último pétalo vivo de esa
flor horaria, Momo reabrió la bóveda y, de inmediato, ya sin el frío que
provocaba la presencia de los grises, las flores horarias fueron
descongelándose y regresando al Callejón donde vivía el Maestro Hora para
regresar con cada uno de sus legítimos dueños, fue así que el Maestro despertó
y supo que Momo había tenido éxito en la misión.
Al final, Momo y sus amigos
regresaron a su vida feliz y tranquila, Beppo se reencontró con Momo y nunca
más tuvo prisa por barrer ni Gigi volvió a su vida de fama y miseria. Momo pudo
por fin contarles a sus amigos la historia de las flores horarias y la hermosa
melodía que de ellas surgía.
En el epílogo del autor se
da entender que esta historia fue contada por un pasajero del tren al autor
Michael Ende, sin saber éste si era una historia del pasado o de algo que
pasaría, tampoco podía decir si el narrador era un hombre joven o viejo, lo que
sí sabía era que lo había dejado con un mar de dudas antes de desaparecer del
tren.
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